lunes, 21 de abril de 2014

Dos líneas

                               "Todo gesto de audacia pone el dedo en la llaga"
                                                         Alicia Dujovne Ortiz ("La Madama", Emecé, 2014)


No. No serán esas líneas a las que se refiere un Secretario de Redacción de la revista o el diario que, siempre apurado y con un cigarrillo a medio fumar colgándole del labio inferior, el humo del pucho cerrándole un ojo, dice: "Giménez, dame veinte líneas sobre el crimen del pibe de Rosario, pero las quiero rápido, para hace quince minutos Y si es con una foto que muestre sangre, mejor".
Un premio es, en principio, un mimo al corazón de quien lo recibe, pero también un gesto de legitimación por la obra realizada o por la trayectoria recorrida. En algunas ocasiones puede ser el resultado de un negocio entre premiadores y el galardonado, que recibe las gracias por los servicios prestados a favor de los dueños del diploma, la estatuilla o el cheque. En otras, la culpa no es del chancho sino de quien le da de comer, como dice Ramón, el almacenero de mi barrio (el Nobel de la Paz a Obama y a la Unión Europea parecen más una broma de mal gusto del Comité de la Academia Sueca que una decisión pensada con la seriedad que merece el galardón).
Desde que recuerdo el Martín Fierro es un premio que sacude el avispero de la radio y la televisión, primero de los alrededores del Obelisco porteño y más adelante, de lo que absurdamente se llama el Interior (como para extender el negocio de las vanidades a actores, actrices y periodistas que creen sentirse tan importantes como las estrellas "importantes").
Pero para la edición de este año ha sucedido algo nuevo o, por lo menos, renovador y luminoso. El periodista y relator deportivo Víctor Hugo Morales decidió renunciar a su nominación en la terna que integraba con Jorge Lanata y el programa "6-7-8" de la Televisión Pública. Morales, por "Bajada de línea" que sale al aire los domingos a la noche por Canal 9 y Lanata por "Periodismo para todos", en Canal 13. El asunto es dirimir el mejor programa periodístico, según el jurado de APTRA (Asociación de Periodistas de la Televisión y Radiofonía Argentina), la entidad organizadora del jueguito. La ceremonia tendrá su esplendor de mesas con manteles blancos, cena gourmet, divas divinas y de plástico, sofocados galanes de frac almidonado, almidonados despojos de galanes, decrépitas figuras de cartón y muchachitas histéricas con escotes de ocasión. Eso sucederá el próximo 18 de mayo desde el Hotel Hilton de Buenos Aires y los malos aires lo pondrán las cámaras del Grupo Clarín para solaz masturbatorio de sus propios productos televisivos y radiales.
Hasta ahora (y deseo con fervor que tenga que meterme este párrafo en mis oscuros pliegues humanos) ha sido sólo el uruguayo querido el que ha tomado conciencia de que estamos en otro país, distinto al de las lógicas del rating y el mercado. Al menos, piensa y siente que la comunicación debe cambiar esos paradigmas, heredados de la década del despilfarro neoliberal, por los de un derecho humano básico, inclusivo y solidario, el de los contenidos y los lenguajes del pueblo y no los de los negocios, por muy prósperos que resulten, caño incluido. ¿Qué legitimidad le puede agregar este premio, sospechado hasta por los que ponen la mejor sonrisa ante las cámaras, al periodista que, día a día, muestra un camino de coherencia ética y conducta moral intachables? ¿Una competencia con Lanata no lo denigra, por aquello que canta Fito, que "No es bueno hacerse de enemigos/que no estén a la altura del conflicto"? ¿No desgasta, además, competir con compañeros de ruta? Sobre todo, si el show está preparado para que sirvan de sparring del excolega.
La Televisión Pública hace ostentación en su pantalla por las 25 nominaciones, entre las personales y las que destacan los programas emitidos bajo su sello. La "Tanqueta", como se autoproclama el producto periodístico más novedoso de la década, "6-7-8", es responsabilidad de una empresa privada, "Pensado para Televisión", que tiene otros dos en otro canal, pero es emblema, y con justicia, de una forma inteligente de ver, mirar y desenmascarar aspectos de nuestra realidad que no tiene precedentes en la pantalla chica argentina. Y esa característica, ser una productora privada que pone el programa en la pantalla estatal, podría explicar que se sume al espectáculo promovido por los monos hegemónicos. Pero no suena convincente que la extraordinaria programación que brinda Canal 7 se preste a competir con el conglomerado comunicacional para quien el rédito, el negocio, importa más que el contenido y el formato.
El gesto de Víctor Hugo parece una formidable respuesta al espectáculo brindado por Lanata en su programa, quien montó una comedia con un supuesto sicario al que le guionaron sus declaraciones al límite del absurdo. Todo oscuro, patético, como las sombras desde las que hablaba el actor puesto para denostar, entre otras cosas, el anteproyecto del nuevo Código Penal.
En la misma semana, Samuel "Chiche" Gelblung, que fue Secretario de Redacción de la revista "Gente", entre 1976 y 1978, cómplice del festival genocida de Videla y Martínez de Hoz, montó un escenario similar al del crédito del equipo del contador Magnetto, pero con dos supuestos motochorros que resultaron ser pibes contratados para recitar sus fechorías inventadas, a razón de 300 pesos cada uno. Otro bochorno del periodismo serio e "independiente".
Por eso lo de las dos líneas, pero de conducta. El gesto de Víctor Hugo por un lado y la puesta en escena de presuntos periodistas que sólo buscan ser funcionales a los dictados del mercado y, de paso, construir el edificio del miedo a través de los medios.. Como dice Alicia Dujovne Ortiz en el mismo libro con que se inicia este textículo "Una opinión se discute, un hecho no". Entonces espero que el hecho generado por el comunicador oriental tenga contagio y no lo dejen solo. Aunque sea porque su apellido, Morales, es plural.

martes, 8 de abril de 2014

Vertical, cuatro letras

Hay que matarlos a todos.
Negros de mierda.
"El que las hace, las paga."
Estamos hartos de que nos roben los relojes, los bolsos y las joyas.
Me rompí el lomo para comprar mi tercer auto.
Esta yegua nos miente.
Todos los políticos son iguales.
A las mujeres les gusta que les peguen.
Los homosexuales son enfermos.
El aborto es un crimen.
¿Por qué alimentan a los vagos?
"El que mata tiene que morir"
Se parecen a las juventudes hitlerianas.
Tienen la guita escondida en bóvedas.
Estamos al borde del desastre.
Ya no se puede salir a la calle.
Los delincuentes entran a la cárcel por una puerta
y salen por la otra.
Estamos gobernados por pendejos inexpertos.
El Papa se hizo comunista.
Con los militares estábamos más seguros.
Hebe de Bonafini está loca.
Cada día nos parecemos más a Venezuela.
Los periodistas, los intelectuales, los profesores,
los estudiantes, los escritores, las lesbianas, los obreros,
los jubilados, todos los K son corruptos.
"Algo habrán hecho".
La culpa la tienen ellas por usar esas minifaldas tan cortas.
El campo es la Patria.
Lanata no miente.
La Patria es el campo.
La inflación es insoportable.
Los jubilados se mueren de hambre.

Hoy no fui a trabajar. Me quedé en casa haciendo crucigramas. Mi viejo me decía que mejora la inteligencia. Veamos. "Aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea". Vertical, cuatro letras.

jueves, 3 de abril de 2014

Esa gente

"El asesino desarmoniza la naturaleza" (Armando Tejada Gómez)


El diario "Los Andes" de Mendoza, titula en tapa, ayer 2 de abril de 2014, "Linchamientos: la gente entiende, pero no justifica". El digital local "MDZ", a su vez, pone, a propósito del mismo tema, "La desmesura de la reacción" y su responsable editorial, Ricardo Montacuto, replica la hipótesis de la "ausencia del Estado", esgrimida por los políticos de la derecha explícita argentina.  Analicemos. Voy a tratar de demostrar que los medios hegemónicos son, ni más ni menos, que los autores intelectuales de los linchamientos que aparecieron por arte de birlibirloque inundando la agenda de la sociedad argentina. Como sucedió antes, en la era Blumberg, con los secuestros. Y que los titulares y pantallas de esos medios son nazis, en versión siglo XXI.
La primera referencia del Clarín de las acequias es "la gente". ¿Qué gente?. ¿La que trabaja día a día para solventar su vida honrada y solidaria?. ¿Es la misma gente que llena bares, restaurantes y confiterías cada fin de semana?. ¿O es la que, con pecheras exhibidas con orgullo, dieron una lección de humanismo y amor al prójimo, al desvalido, durante las inundaciones que asolaron barrios de La Plata hace un año?. ¿La gente entendió La Noche de los Cristales Rotos, en Berlín, en la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938? Según el título del diario de la oligarquía mendocina, ¿cuál es la distancia vital que hay entre entender y justificar un homicidio calificado, como bien lo definió el juez de la Corte, Raúl Zaffaroni? ¿Qué gente entendió y no justificó el robo de bebés y la desaparición, tortura y muerte de nuestros 30.000 compañeros, y dijo "algo habrán hecho"?
Se dice, y con razón, que no hay nada más parecido a un fascista que un burgués con miedo. Y eso es lo que está sucediendo en nuestra tierra. Las víctimas son jóvenes, pobres y morochos, con portación de cara y portación de pilchas. Y los victimarios son, invariablemente, señores y señoras de clases cómodas, con el cagazo irracional de perder su bolso, su auto o su equipo de música. La propiedad privada como bien superior. La vida y el cuerpo del otro como recipiente del odio.
No hay, entre las hordas asesinas, jóvenes del radicalismo, ni de la Fede, ni de La Cámpora, ni de Kolina, ni de La Evita, ni de La Guemes, ni de juventud del PO, ni siquiera de la juventud del PRO. No se conocen actitudes violentas por parte de Hebe, de Tati Almeyda, de Estela de Carlotto, ni de Juan Cabandié frente a Videla, Astiz u Otilio Romano. Todos ellos se dedican a otra cosa, pese a que algunos también puedan pertenecer a la clase media. Pero sin miedo. Al contrario, embarcados en cambiar la vida sin patadas y sin piñas. Con ideas. Con memoria, con verdad y con justicia.
Por otra parte, o por la misma, para entender hace falta hacer uso de la razón y los episodios de linchamiento que estamos padeciendo son un ejemplo patético y bestial de la más primitiva irracionalidad.
Analicemos ahora la presunta "desmesura". ¿No les recuerda el argumento de los excesos, en el que intentaron ampararse los genocidas para encubrir sus patrañas? Cuando se comete un delito no hay desmesura. ¿O acaso el hurto de un vehículo es una desmesura? Desmesura, ¿respecto de qué?.Y sí, tal vez haya existido una ausencia del Estado, precisamente en los momentos en que la turba burguesa mataba a patadas al pibe David Moreyra en Rosario. Nadie llamó a la policía para hacer lo que debían, proteger la vida de un ciudadano que, aun si era sorprendido in fraganti cometiendo un delito, tenía que ser sometido a las leyes que nos gobiernan a todos. Otra vez la vieja dicotomía de civilización y barbarie, pero esta vez, como tantas otras, los civilizados fueron los bárbaros. Hace un tiempo y tras sufrir la muerte violenta de uno de sus colaboradores la adiposa actriz y conductora televisiva Susana Giménez declaró que "el que mata tiene que morir". Desde la misma caverna televisiva, el diputado nacional  y pasta dental presidencial para el 2015, Sergio Massa, insistió con las mismas ternuras. Dijo que "el que las hace las paga". Lo notable, o no tanto, no es que la comediante paradigmática del menemato opine igual que el candidato. Lo patético es que éste represente con tanta claridad los valores de los delincuentes de clase media, sus votantes.
Por último, por ahora, les hago una propuesta a mis colegas. Sobre todo, a los que trabajan en medios privados, pero a todos, en general. No usemos más las palabras "ajusticiamiento" y sus derivadas, o la construcción sintáctica "justicia por mano propia" (porque es una contradicción en los términos) para describir estas bestialidades inducidas. Podemos usar un abanico de significados que ilustran mejor lo que sucede. Aprovechemos la riqueza de nuestro idioma y salvemos esa dosis necesaria de dignidad que nos permite desayunar en paz con los que amamos. Aunque el patrón quiera que el desprecio por el otro sea su moneda de cambio.

martes, 25 de marzo de 2014

Clases

Uno o dos días después de que el pueblo reeligiera a Cristina Fernández como presidenta con el 54% de los votos, en octubre de 2011, Mempo Giardinelli comenzó su artículo en Página 12 con estas palabras: "La sociedad argentina ha decidido no suicidarse". No quiero imaginar cómo comenzará el artículo del análisis en caliente en la elección de 2015 si el Frente Renovador o el PRO o algún engendro aliancista de derechas más o menos maquillado de centroizquierdismo se impone entonces. Es que, a propósito de la saludable puja salarial que es consustancial con el régimen de paritarias (que los gobiernos de esta década restituyeron), empiezan a aparecer síntomas preocupantes de inestabilidad política, aunque no institucional, felizmente y por ahora.
Es casi una verdad de perogrullo que cualquier sociedad que no tiene conflictos está muerta, no existe. El Imperio Romano y el Austro-Húngaro ya no sufren convulsiones políticas, económicas ni sociales. Es así, se avanza a golpes de conflictos y se retrocede a golpes de Estado (clásicos, como el de 1973 en Chile o el de 1976 en nuestro país, aunque las nuevas estrategias de la resaca del neoliberalismo está poniendo en ejecución los golpes llamados blandos, como hoy en la Venezuela bolivariana). O a golpes económicos y mediáticos.
Los conflictos salariales que conmueven a la sociedad argentina por estos días no parecen tales. Inclusive, tengo la sensación de que no lo fueron ni siquiera desde sus inicios. Me explico, o trato. En toda negociación, de cualquier tipo que sea, las partes resignan posiciones recíprocas hasta alcanzar el acuerdo que las conforme. Si una de ellas se sienta a negociar con la premisa de no ceder un ápice de su demanda inicial se rompe la lógica de la negociación. Predomina entonces la voluntad de doblegar, de someter al otro. Agréguese la virulencia en el lenguaje público de los dirigentes para demostrar fortaleza y poder ante sus seguidores y no debe sorprendernos que se produzcan agresiones como la que sufrió, ladrillazo mediante, la ministra de Economía de la provincia de Buenos Aires, Silvina Batakis. Aunque después vengan los discursos de repudio de los mismos que crearon el clima propicio para el exabrupto. Se parecen a esos empresarios que explotan a sus trabajadores todos los días y resuelven sus asuntos de conciencia con dos retiros espirituales por año.
Otro ejemplo. Los estatales de Mendoza no piden, exigen un 45% de aumento, retroactivo a enero, a revisar en junio próximo, pese a que el régimen de paritarias es anual. O sea que calculan una inflación de 90% para todo 2014 (algo así como el IPC Wermus o Bermúdez o Altamira). Una chifladura que, puesta en boca de mi nieto, podría ser atribuida a la influencia de algún animé oriental. Como el combustible de las protestas lo ponen los grupos de cierta izquierda recalcitrante podemos caer en la trampa de pensar que estos dirigentes son hijos de aquella consigna del mayo francés: "Seamos realistas, pidamos lo imposible". Pero no,  el apriete se parece más al remanido y fracasado lema troskista de "Cuanto peor, mejor" que, a juzgar por la experiencia histórica no ha logrado más que inmolar a miles de sus militantes mientras el capitalismo se ríe a carcajadas de esa tradición que desnuda una permanente vocación por justificar su incapacidad para generar y construir poder político.. O al "Todo o nada" de los 70, tan absurdo y retrógrado como aquél. Y ya sabemos cómo nos fue.
Lo que pretendo destacar es el contenido de clase que muestran quienes no quieren dar clases. En mi provincia, además de los maestros, están en pie de guerra los trabajadores estatales, los judiciales, los choferes y los de la salud. Todos son gremios de actividades de servicios. No producen bienes materiales sino intangibles. Unos educan, o deberían, otros forman parte del necesario aparato burocrático estatal, o de la maquinaria judicial o del transporte público o del estamento sanitario no privado. Digo, sin dar más rodeos, que son integrantes de la robustecida clase media nacional que este modelo hizo crecer y consolidar. Entonces, no hacen otra cosa que repetir sus vicios, características y virtudes. Temen caer (o recaer) en los abismos de la marginalidad a que los había arrojado la política del Consenso de Washington, desde el 76 y antes, hasta los 90, la denominada, con justicia, "segunda década infame". Y desesperan por alcanzar las categorías sociales de los iconos mediáticos del empresariado frívolo y exitoso, de las figuras de la farándula con sus yates y sus culos o de los amores publicitarios de estrellas deportivas y señoritas sin bombacha y sin cerebro en actividad. ¿Eso impide que pretendan vivir mejor y traten de alimentar sus cuentas bancarias? Claro que no. Simplemente, explica su comportamiento a la hora de tratar de lograrlo. Los obreros que, día a día, hacen la riqueza material del país, los que son la materia prima del intento de reindustrialización, después del remate obsceno del patrimonio nacional por obra y desgracia del neoliberalismo, no son la "razón instrumental" a la que aludían los pensadores de la Escuela de Frankfurt. No son recurso humano, son personas, y no máquinas, que saben de épocas de humillación, dolor y desgobierno. Se levantan cada mañana para ir a laburar, hacen el amor, compran televisores, lavarropas, venden su capacidad de trabajo y aspiran a mejorar su calidad de vida, pero con humildad y alegría. Por eso arreglan sus reivindicaciones con sus adversarios de clase, con matices y con lucha, pero con la racionalidad de quien comprende que no se puede comparar a Cristina Fernández con Fernando de la Rúa, ni a Francisco Pérez con Julio Cobos. O a Villa Manuelita, ejemplo heroico de resistencia en tiempos de represión salvaje, con una lucha por la negociación paritaria por aumento de salarios. Dicho son sabor de malbec y color de álamos en otoño, Raquel Blas no es Florencia Fossati y Roberto Baradel no es Alfredo Bravo, ni Isabel Del Pópolo es Juan Ingalinella o Ramón Carrillo. Entiéndase que no asumo la defensa de Daniel Scioli ni de Paco Pérez y sus gobiernos que, a menudo, encaran y resuelven tarde y mal los conflictos que se le plantean. Se trata de algo mucho más profundo.
Otro síntoma. Nadie, ninguno de los figurones de la oposición ha emitido declaración a favor de los trabajadores enfrentados con el gobierno. Ni siquiera para aprovechar el clima de dificultades que se le presenta a los funcionarios a la hora de dirimir estos conflictos. Ni Massa, ni Macri, ni Cobos, ni Binner, ¡ni Carrió!, ni sus jefes periodísticos Morales Solá, Leuco, Eliaschev, Ruiz Guiñazú, Lanata, Fernández Díaz o Bermúdez. Silencio elocuente. O porque ellos también tendrían esas dificultades si fuesen gobierno (toco madera) o porque esos dirigentes gremiales y políticos (los Altamira, Pitrola y Del Caño) les están haciendo el trabajo sucio, mientras los ut supra nombrados afilan los dientes para comérselos crudos a ellos también, tal como enseña la experiencia histórica.
A esta altura de mi textículo, justo es reconocer que no hay noticias de corrupción económica en el curriculum de estos sindicalistas. No son empresarios, como en otros casos conocidos, no contratan patotas para arrojar desde un puente a un semejante ni nada por el estilo. Eso sí, son ejemplos de corrupción ideológica explícita.
Por último. O penúltimo. Si los métodos utilizados para chantajear al gobierno cuentan con el apoyo mayoritario de las bases de esos gremios (es evidente, hay que ser honestos y admitirlo) es no sólo por la composición de clase de esas mayorías sino porque estamos perdiendo (al menos en este campo) la batalla cultural para que sus integrantes entiendan y asimilen las virtudes del modelo que, en muchos casos, los rescató del ostracismo social y en otros los sumó a una condición material y simbólica nueva. Habrá que preguntarse en qué fallamos, qué nos pasó, en qué nos equivocamos y corregir los errores antes de que sea demasiado tarde.
Con la imaginación puesta en 2015, digo que no importa si el balazo es en el paladar, la sien o el corazón; si el método es por ahorcamiento, ingesta de anhídrido carbónico o barbitúricos o las ruedas de una locomotora nos pasan por encima. El resultado final es el mismo: la muerte. No trabajemos entonces para que mi querido amigo Mempo comience su artículo del análisis electoral del año próximo así: "La sociedad argentina ha decidido suicidarse".



lunes, 17 de marzo de 2014

La alcayota y otros paradigmas

                                                                                                 A Sergio Uassouf

"Todos los vicios de que puedan despojarse las demás clases son recogidos por la clase media. No hay nada más despreciable, más inútil"
                                                     Juan Carlos Onetti


"No estás, te busco y ya no estás", dice Julio Sosa desde aquel tango, pero por razones un tanto más dramáticas y románticas (y no es raro que, a veces, coincidan). La he buscado en las góndolas como alcayota (así se la nombra en Mendoza y San Juan) y como "cucurbita ficifolia", que es como la nombra mi vecina Emilia, académica en esos menesteres. Pero no está. El listado de "Precios Cuidados" la ha descuidado y discriminó a mi amigo y a un puñado de habitantes más de este singular territorio del planeta, seres humanos de gustos insólitos que, a diferencia de los personajes de "Los invasores", aquella serie televisiva de los 60, no tienen el dedo meñique estirado como la devaluada Mirtha Legrand, sino que paladean las hebras de este alimento con fruición digna de mejor causa. Son raros, nada más.. Razón más que suficiente para que los consumidores de la cucurbita se declaren furiosamente opositores y maldigan a esta señora que se ocupa de las mayorías y sus gustos (los que comemos manzanas y uvas o ingieren cebollas sin llorar, se lavan con jabón, toman mate, practican el asado como deporte nacional de la amistad, endulzan el café porque toman café y demás costumbres populares, tan mersas, ¿vio?). Pero mi amigo es medianamente sensato, canta en el Coro "Cumpa" de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, es uno de los informáticos más capacitados y creativos del país y, sobre todo, tiene a la solidaridad como principio rector de su vida. Entonces él, como puede, acompaña a esas mayorías con conciencia crítica y es feliz, como yo, de vivir estos tiempos difíciles, contradictorios y luminosos. Aunque suspire por ese zapallo vip convertido en mermelada y yo sea un militante del dulce de leche y la lasagna. El coreuta vive  en CABA (Ciudad Autista de Buenos Aires) y yo en Mendoza, capital nacional del vino y la cletomanía. En fin, que cada uno asume sus delirios como puede.
La cuestión es que cuando llegamos a la caja registradora del supermercado no nos preguntan si la alcayota es oficialista u opositora ni si el dulce de leche es para el pibe de La Cámpora o para Los Borrachos del Tablón. Los deformadores de precios nos avasallan igual, no les calienta. Aunque haya terminado el carnaval les importa un pomo.

"Cuando era pequeño creía que la vida era más sencilla", me dice Manuel Pintos Rudman, 7 años, mi nieto mayor. Y no sabe todavía que hay seres humanos que son capaces de atravesar las barreras de la impiedad por conseguir alguna cuota de Poder. Su existencia perfumada por la "increíble aventura de pan y chocolate" conoce ya la rutina de la batalla por la domesticación a la que se ve sometido por la escuela. Es que, en su primer grado, tuvo que soportar a una maestra vieja en su juventud, adicta al caño televisivo, aduladora de las revistas chismosas y los secadores de pelos en las tardes de peluquería de los sábados. En fin, la seño Mamarracho es una docente sin lecturas, pero una buena vecina, seguramente. Mientras sus dirigentes gremiales defienden con ferocidad y convicción su bolsillo (con más de lo primero que de lo segundo) ella prefiere ver a Tinelli que a Paka-Paka, cómoda, con el auto a buen resguardo en el garaje y la cuota del televisor al día. Manu y todos, sus padres, abuelos, tíos, primos y él mismo, soñamos con un nuevo comienzo, con otra oportunidad para que ese cachorro de filósofo sea feliz cada día de clases.

No insistan, no abriré una cuenta de facebook. No tengo tiempo, interés ni ganas de enterarme de que Felicitas Block de Canson dio a luz un cachorro que se llama José María y que, dice ella, se parece tanto al padre (el de ella), que algunas amigas le pongan "Me gusta", aunque, como se sabe, todos los bebés de dos días de vida se parezcan más al Doctor Chapatín que a cualquier pariente de la parturienta. Me dirán que es un instrumento de trabajo (el niño no, el facebook), de inclusión y que acorta distancias si está bien utilizado (el facebook, el niño no). Sí, es cierto, pero salvando esa excepción, me suena más a reunión de mujeres en la vereda, con la escoba y el lampazo en versión posmoderna y a mesa de café masculina, hablando de fútbol, política y minas, idem. Mi compañero Santiago me divierte más cuando comenta en el programa la sección "Entre mujeres" del diario Clarín.

Si se muere un pariente cercano, un primo querido, casado y padre de dos hijos, buen ciudadano, de clase media, empleado administrativo en un laboratorio de especialidades medicinales, propietario de un Susuki Fun azul metalizado, comprado en 84 cuotas y a medio cancelar, que vacaciona un mes en Buzios cada año y medio y en la temporada sandwich alquila una casa en un country de la periferia. En síntesis, si fallece un burgués pequeño pequeño en un quirófano al que llegó de urgencia porque las acciones que le hizo comprar el gerente de la empresa se fueron al mismísimo carajo, ¿usted le preguntaría a su familia, dolorida y en shock, cómo debió proceder el cardiocirujano para que el final hubiese sido con champagne, mimos de sus cachorros, incluido el gran danés que le regaló la amante, y un viajecito extra para festejar? Supongo que no. Entonces, ¿por qué habría que consultar al almacenero del barrio si el anteproyecto de Código Penal que proponen cinco juristas (el equivalente a cinco cardiocirujanos prestigiosos) es beneficioso o perjudicial para la sociedad? El miedo, ese paradigma del que cree que tener es ser, es capaz de convencer a una persona de que sabe más que un cirujano, aunque sea su cuenta bancaria el único certificado de sabiduría que puede ostentar. Y así nos va.

Raro paradigma el de este rincón del Oeste del Sur, como le llama mi amigo Ernesto. Durante el menemato, generó "el equipo de los mendocinos" (José Luis Manzano, Eduardo Bauzá, Roberto Dromi y sus crías, entre otros). Un poco más acá en la Historia el abominable Julio Cobos y en la semana que está terminando una diputada, engendro de cuarta (lo que ya es mucho decir) del exvicepresidente. Ella, Evangelina Godoy, decidió cambiar la dirección de su voto, aunque dos horas antes había declarado que acompañaría la decisión de su bloque (existe registro de audio de sus dichos), el Frente Para la Victoria, para impedir que se inicie el proceso de juicio político al miembro de la Suprema Corte de Justicia provincial, Carlos Böhm.
El asunto de fondo no es ni el juez de la Corte, ni la Corte, ni la diputada. El asunto de fondo es, como casi todo en esta época, los grupos mediáticos concentrados. Todos todos (desde el Grupo Vila-Manzano, pasando por Clarín y sus hijos putativos locales, hasta personajes menores que se sienten parte del estiércol empresarial vernáculo) decidieron unificar sus armas para evitar que se aplique el Estatuto del Periodista que, en uno de sus artículos, obliga a pagar el doble del salario mínimo a cualquier trabajador de prensa que ingrese a un medio privado. La Corte provincial tiene que resolver los casos Assumma y Sartori, entre otros, por ese tema. Y he aquí el detalle: la legisladora está casada con un empresario de medios de San Rafael. El culebrón toma cuerpo cuando el marido, Gustavo Mátar, procesado por la justicia local por un chanchullo de guita junto a exfuncionarios del gobierno de Celso Jaque, le envió unos mensajes de texto al celular del gobernador, Paco Pérez, en el que le proponía eliminar el acento ortográfico de la primera a del apellido y transformarlo en acento prosódico de la segunda. En síntesis, parece que sugirió matarlo. Pérez hizo público el affaire, aunque ma non troppo. Veremos. Uno de estos días, cuando las aguas retornen a su cauce ¿normal? habrá que preguntarse qué hacía esa lacra moral en el bloque kirchnerista de diputados, pero mientras tanto vuelvo al comienzo de este párrafo. El paradigma de la traición sobrevuela los viñedos, los cerros y las acequias de nuestra sociedad que, a veces, sorprende con gestos de valentía ciudadana y otras recuerda la canción de León Gieco. Porque "un traidor puede más que unos cuantos", pero acá, en Mendoza, esos cuantos lo olvidan fácilmente. Como quedó demostrado en las recientes elecciones legislativas.

jueves, 13 de marzo de 2014

Pocas certezas

                               (Especial para "La Tecla Eñe")




Siria, Irán, Ucrania, la Franja de Gaza. Son lugares a los que hoy no iría de vacaciones. Preferiría estar allí como periodista, vivir junto a las víctimas de la violencia, propiciada por el Estado terrorista por excelencia, y dejar testimonio que se sume a las voces que reclaman un poco de paz a los pueblos que tienen la inmensa desgracia de que en su tierra haya riquezas que enceguecen de codicia a los poderosos. Esa es una de mis pocas certezas. Es que mis referentes me han enseñado que se crece mejor cuando se duda. Y si uno tiene la fortuna de que el esfuerzo aclare la duda, pues entonces pasar a la duda siguiente.
Sin embargo, tengo otras certezas. Cristina le pide a los deformadores de precios que sean solidarios, que no abusen, que no especulen, que les ha ido muy bien con "el Modelo", que "no maten a la gallina de los huevos de oro", les ha dicho textualmente, que la han recogido en containers (que, como los porteños saben, ahora son aulas made in Macri). Es posible que su investidura la lleve a hacer ese pedido aunque, conociendo su trayectoria de estadista, sospecho que no hay vidrios en sus menús. Hace lo que se supone que debe hacer una presidenta: hablarle a todos. Sin embargo creo que es como pedirle al Papa que se manifieste a favor del aborto o esperar a que festeje un gol de Huracán. Es como proponerle a Liliana Herrero que revolee el poncho y a José Pablo Feinman que alabe al programa de Marcelo Tinelli. O a mí pedirme que festeje un gol de Boca. Se le pude pedir a la gente de Clarín y La Nación que opinen y no mientan, pero tengo pocas esperanzas de que accedan a la solicitud.
Aunque no son los únicos. Es cierto que de lunes a sábado insisten en presentar un país, una provincia o una región, según el caso les aproveche, al borde del colapso y la catástrofe. Los domingos la sensación recrudece. Si te agarran desprevenido o con las secuelas de la farra de la noche anterior "dan ganas de balearse en un rincón", como dice el tango. Por estos días es Venezuela, pero ya pasaron por esa situación Bolivia, Ecuador, Honduras, Paraguay, la misma patria bolivariana en abril de 2002, el Chile de la Unidad Popular en 1973 y hasta nuestro país, en 2008 a manos de los sojetes y sus aliados.
En este verano de lluvias macondianas, tornados fugaces y aluviones criminales, apareció un libro que se llama "Tras los pasos de Hitler" (Planeta, 2014) y su autor, el reincidente periodista Abel Basti, lo presenta como el resultado de un trabajo de investigación, supuestamente histórica, de más de veinte años. En él postula la hipótesis de que el Führer, ya destituido, no se suicidó en su bunker berlinés sino que vino a refugiarse en estas playas sudamericanas. Un tópico remanido y ya refutado mil veces. Según Basti habría utilizado documentación apócrifa y diversa para su periplo. (Digresión 1: están enamorados del potencial y el impersonal. "Habría", "dicen", "vaticinan", "sería", "podría"). Pero recién ahora, ¡justo ahora!, descubre que, durante su paso por Paraguay, el prófugo habría (sí, otra vez) usado el nombre de Kurt Bruno Kirchner. Como siempre hay giles que consumen estos supuestos delirios de nazificción (si no Planeta no lo hubiera editado) su aparición parece formar parte de la batalla cultural en la que estamos involucrados y que va desde el cuidado de nuestros bolsillos, pasando por el exabrupto de Luis D'Elía pidiendo la cabeza de Leopoldo López en Venezuela hasta el intento, felizmente frustrado, del desembarco de la "culocracia" de Tinelli al Fútbol para Todos (Digresión 2:  nos quisieron reemplazar el caño, jugada artística y emblemática de nuestra idiosincracia futbolística, por el caño de la cosificación femenina que impuso el empresario mediático sanlorencista). Por supuesto, los comentarios del libelo de Basti son titulados con el hallazgo del apellido. Hay más Kirchner en la Historia. Por ejemplo, Ernst Kirchner, pintor germano, cofundador del Grupo El Puente, en 1905, y una de las cumbres del expresionismo alemán. Pero no, éste no sirve para demonizar el nombre.
A poco que se siga repitiendo se va a transformar en certeza. Me refiero a las posiciones del troskismo vernáculo respecto de cualquier cosa. Leo y veo declaraciones de Jorge Altamira acerca de la crisis venezolana. Coincide con la derecha en que el chavismo está buscando una agudización de la violencia para provocar una guerra civil. Cuando opina ya no se sabe si es él o Ismael Bermúdez, su hermano clarinete. En fin, persistencias del altamirazgo nacional.
Vuelvo al sur. Claro que hay problemas y errores. En una pared de San Martín de los Andes encontré un grafiti que dice: "Si todo está bien, ¿qué gracia tiene?". Por algo el poeta nombró a los muros como los pizarrones del pueblo. Lo que, traducido al devenir histórico, sería como entender que la pulseada con las derechas nunca se acaba. Otra de mis pocas certezas.

jueves, 13 de febrero de 2014

Un patriota

"Si aquel tipo fuese la mitad de inteligente de lo que cree que es, sería el doble de inteligente de lo que es en realidad"
                               Alice Munro



El tipo es uno de los hijos del icono más celebrado del humor político del país. Publicó una columna de opinión el pasado 9 de febrero en el diario "Clarín", bajo el singular título de "Que los precios te los cuide Cadorna". Además de estar plagado de groserías, históricas e histéricas, el autor del libelo se toma el atrevimiento de tutearme ("te los cuide", dice) y hasta donde mi memoria de sexagenario en actividad me lo permite, no he tenido el gusto de haberme cruzado cuerpo a cuerpo con el insigne Alejandro Borensztein, el muy hijo de Tato. Sin embargo, esa muestra unilateral de confianza me motivó a averiguar quien sería el tal Cadorna, encargado de colaborar con la sociedad argentina para, de una buena vez, hacerles saber a los formadores de precios y sus adláteres mediáticos, que nos cansaron y que estamos dispuestos (¿estamos?) a defendernos.
Recurrí entonces a mis dos tíos a mano. El tío Google y la tía Wikipedia me cuentan que Luigi Cadorna fue un militar italiano, obvio, que nació en 1850 en el Piamonte y se fue de este mundo envuelto en el oprobio allá por 1928. Parece que como milico fue un bochorno. Perdió casi siempre y, como suele suceder con los perdedores infectados de soberbia, culpaba a los soldados de sus metidas de pata tácticas y estratégicas. O sea que, no sólo veía menguar sus batallones y regimientos por obra y gracia de las fuerzas austro-húngaras (estamos en plena Primera Guerra Mundial, o europea más bien), sino que el número de bajas subía (valga la contradicción) porque don Luigi mandaba a fusilar a sus propios hombres, so pretexto de cobardía y otras virtudes pacíficas. El desastre final, me dice la tía, sucedió el 24 de octubre de 1917 en la batalla de Caporetto. Allí fue derrotado con todo éxito por el ejército alemán. Se calcula que en toda su carrera profesional el bueno para nada de Cadorna perdió casi 300.000 hombres. Todo un récord. Debe ser por eso que, sin embargo, fue condecorado con el título de conde, precisamente, y reivindicada su figura de bigotón empedernido (estoy mirando una fotografía en blanco y negro en la que se lo ve almidonado y con cara de yo no fui), nada más y nada menos que por Benito Mussolini.
La colectividad italiana de principios del siglo pasado parece haber adoptado el término "cadorna", ya despojado de la mayúscula, como símbolo de fracaso y se le adjunta también, claro, al fracasado. Como tantos otros vocablos y modismos los queridos tanos lo cedieron a la cultura popular argentina, sobre todo, al uso coloquial de los porteños.
Algunas pocas reflexiones entonces. Lo que me sugiere el muy hijo de Tato es que yo le delegue a un inútil el cuidado de mis bienes y mi bolsillo ciudadano y consumidor. O sea, que fracase como fracasó el devenido conde.
Me puse a buscar en www.precioscuidados.com si el vermú y las papafritas estaban en el listado. Y no, no están. Tampoco tendremos good show como proponía su inolvidable padre, Alejandro, si nos dejamos aconsejar con patriotas de su calaña y la de su admirado Cadorna.